29 de Diciembre del 2000

Ana María: 'Soy emoción pura'

EL TIEMPO DE COLOMBIA

Sin duda, la telenovela ‘Yo soy Betty, la fea’ fue el fenómeno televisivo del 2000, no solo en Colombia sino en una buena parte del mundo. Para Ana María Orozco, su protagonista, este fue un año de duras pruebas.

“Tú la viste en John Malkovich... ¿Tú la viste? Sale fea”. Ana María Orozco se refiere a la actriz Cameron Diaz, la de Los ángeles de Charlie, que no tuvo inconveniente en convertirse en fea para encarnar a Lotte Schwartz en la galardonada cinta.

“No me parece importante que millones de personas me deseen. Es más, a veces prefiero que ni siquiera vayan a verme en las películas”, dijo la norteamericana en reciente reportaje a la revista Gatopardo.

Ana María Orozco llegó hermosa a la cita. Sencilla, muy sencilla, con escaso maquillaje, la cabellera suelta que delataba su reciente salida de la ducha, una camiseta blanca ceñida al cuerpo, una falda gris larga que estilizaba su armónica figura, zapatos negros de plataforma, un bolso pequeñito, como de abuelita, abrigo negro largo y gafas oscuras. Muy a la moda. Ella tampoco tuvo inconveniente para encarnar a Betty, la mujer que con su fealdad sedujo este año a los colombianos y a millones de televidentes en otros 10 países del mundo.

De entrada, sorprende su timidez, que no es obstáculo para la mirada inteligente que descubre al quitarse las gafas. Una taza de café y evoca a la Diaz. “Jamás, en los 10 luchados años que llevo de carrera, me he sentido la bonita de la TV. Con el personaje que hice antes (‘La Vero’ en Perro amor), descubrí que me gustaba jugar con otras personas en mi cuerpo. Betty me dio esa oportunidad. Yo no pretendo mostrar a una fea, solo a una persona común y corriente. ¿Y su ego?, me preguntan. Para mí ha sido más fácil de lo que piensan, porque es un escudo muy grande”.

Un escudo con el que Betty, la de la novela, intentó ocultar el miedo a enfrentar al mundo, a una clase social vacía, pretenciosa y desconocida para la insignificante secretaria que, a comienzos de año, casi acepta un soborno que conmocionó y escandalizó a esta ya corrupta nación.

Ana María Orozco, la de la vida real, entiende a Betty. Ella, que a través de su padre, el actor Luis Fernando Orozco, conoció la fama y los altibajos de la profesión desde muy niña, también ha sentido que a veces importan demasiado los apellidos, el origen, lo material. Y, mientras se quita el abrigo negro que ya empezó a incomodar, se ríe –es una risa franca, irónica– de la cantidad de amigos que le han aparecido este año, amigos de Betty en realidad.

Una noche de julio, Armando Mendoza, a regañadientes, empujado por su secuaz Mario Calderón y con el ilusorio valor que le produjeron más de unos cuantos vasos de alcohol, llevó a su asistente a un cuarto de un elegante hotel y le hizo el amor. Para ella, fue un acto sublime que no obstante la confundió. Para él, un ardid infame y repugnante que sin embargo le produjo el cosquilleo que más adelante se llamaría amor. Ambos quedaron desconcertados.

“Uno nunca va a tener las respuestas en esta vida, es como el perro persiguiéndose la cola. Hay que vivir intensamente el momento y tratar de ser feliz. Hemos heredado mucha culpa de la religión católica. Uno se siente culpable de ser feliz, de disfrutar la vida, de tener y que otros no tengan y se cae en una manipulación muy dura de manejar, que he sentido porque pasé de no tener dinero a vivir mejor, a tener éxito”, dice con pasión y mientras acepta otra taza de café.

A mediados de este año, en un sondeo realizado por EL TIEMPO, un grupo de periodistas de farándula la eligieron como la más arrogante de la TV. Fue un golpe duro. Mientras retoza nerviosamente con un mechón de pelo, su expresión se ensombrece. “Yo estaba haciendo mercado cuando una señora me empezó a gritar, me dijo que yo era la más antipática, la más creída. Como soy emoción pura, lloré mis ojos. Pensé que era una injusticia y se me revolcó el alma...”

Hace una pausa, reflexiona, apaga el celular que sonaba insistentemente, se disculpa, bebe otro sorbo de café, clava la mirada en la biblioteca que se encuentra al fondo del salón, parece que un libro le llamó la atención, más bien la inspiró, e intenta vencer la rabia con dulzura. “Este es un trabajo muy raro. Yo a veces he estado en un grado de estrés tal, que digo Dios mío, no puedo más con esto. Sí, me duele que me quieran hacer daño porque no quise hablar de mi novio”.

Tras descubrir el siniestro plan del que fue víctima, Betty decidió vengarse de Armando y, a finales de año, se descubrió la verdad en una junta de Ecomoda. Armando se quedó sin empresa, sin familia y sin Betty. Ella, desubicada, comenzó a cuestionar su vida y su apariencia al lado de las reinas de belleza en Cartagena.

Ana María no está conforme, se siente extraña. Con una mueca de indignación y enérgicos movimientos de manos, rechaza, mientras se equilibra en el borde del sofá, que los no la quieran respetar como actriz. “De pronto porque estoy muy joven, tengo 27 años pero quizás me ven más chiquita”. Y es enfática al reiterar que no le gusta la farándula, un negocio del que se lucran muchos pero que no le reporta nada. En cuanto al éxito, es un duro proceso interior que trae envidias. “¿Cómo así que tener éxito es rico?”, me pregunta, como esperando una respuesta...

Luego de su separación de Julián Arango, Hugo Lombardi en la telenovela y con quien apenas estuvo casada un año, se rumoró que no podían ni verse en el set. “¡Pura mentira! Somos buenos compañeros. Lo quiero profundamente, lo admiro como actor, es una persona noble y generosa. Pero hay cosas íntimas que no funcionan, como le ha pasado a muchos. No quiero contar detalles porque todo puede ser usado en mi contra. A mí me afectó la prensa porque decían cosas absurdas, como que él me pegaba. A Julián le deseo lo mejor, sé que le va a ir muy bien en la vida”.

A Ana María le encanta recorrer el centro de Bogotá, a pie o en bicicleta. Durante sus paseos, agradece cuando la gente la reconoce, prefiere esto a dar las entrevistas en las que se siente cuestionada. Pero ella se cuestiona todo el tiempo. Las escenas que ha compartido con Betty son momentos únicos en su vida que deben quedar grabados en una cinta, a donde pertenecen. Por eso nunca ve la novela. También por eso, después de año y medio de grabaciones a un ritmo de 12 y 13 horas diarias que no han respetado gripas, ni estados de ánimo raquíticos, siente que ya se cumplió un ciclo y ya se prepara para despojarse del personaje que, con su horripilante capul, le enseñó a no juzgar mientras era juzgada.

Mientras tanto, vive feliz con Pedro Franco, su actual compañero. “Él me tenía que tomar unas fotos para un portal de Internet, ya nos conocíamos hace años, pero hubo una empatía increíble. Fue difícil porque estaba recién separada y no demoraron las especulaciones. Pero yo vivo el momento, siempre pienso que mañana me puedo morir y no quiero perder oportunidades. Para unos será terrible, será pecado, para mí no. Siento un compañero fuerte, que me entiende, le gusta estar conmigo y me ayuda a crecer. Tiene 35 años, puede que no sea el ‘cucho’, pero ha vivido y valoro haberlo encontrado en este momento en que nadie quiere comprometerse ni asumir una vida en pareja. Muchas mujeres quieren ser libres para justificar la indiferencia de los hombres, su individualidad”. Ella no.

Este fue un buen año para Betty, la novela, que barrió con la sintonía. Para Betty, el personaje, fue difícil, pues tuvo que enfrentar el espejo de su propia aceptación. Para Ana María, la actriz que jamás imaginó que ocuparía la primera plana del New York Times, fue un año de duro aprendizaje.

“Yo no me comí este cuento, definitivamente no. No soy yo, pero pasó. ¿Por qué pasó? ¿Para qué?”.

Por ANGELA SANMIGUEL
Editora de Televisión

 Ana Maria en frases ...

“Disfruto por la mañana tomarme un cafecito, leer el periódico y ver qué están dando de cine. Me emociona el cine, es mi sueño”.

“En estos momentos de tanto estrés, de estar entendiendo lo que me está pasando, he necesitado más mi yoga, mi acupuntura”.

“Soy retimída, por eso me escondo bien en los personajes. Entre más se parezcan a uno los personajes más difíciles son...”

“He tratado de hacer algo digno por Colombia, por todos los colombianos...”

“Mi carrera ha sido superluchada, me gustaría que algún día vieran eso”.

“Aprecio mi sensibilidad, aunque a veces quisiera ser de piedra y no sentir nada”

“Me encantaría hacer teatro, pero no siento que haya llegado el momento”.

“Yo quería estudiar bellas artes, pero terminé actuando al principio por conseguir plata”.

“Es una maravilla ser actor porque uno puede vivir muchas vidas en una”.

“Admiro a Simone de Beauvoir por apasionada, por loca, porque ir en contra de su época”

“Siempre le decían a uno que protestar es mala educación, pero uno tiene que denunciar las injusticias...”

Fuente : Periodico El Tiempo de Colombia Regresar a Reportajes