ANA MARÍA OROZCO ENTRE EL TAO Y EL TANGO

EN BUENOS AIRES SEPULTÓ A BETTY
LA FEA. DESPUÉS DE CONVERTIR ESTE PERSONAJE EN UN ÍCONO UNIVERSAL, SE “DESFAMÓ” Y SE SUMIÓ EN SU
INTIMIDAD Y EN EL PAPEL DE MADRE. LUEGO DE CINCO AñOS DE SILENCIO, ANA MARÍA OROZCO REAPARECE EN EL CINE, Y PARA LOS MEDIOS EN GRAN EXCLUSIVA DE LA REVISTA DINERS.

Por José Vales
Fotografías: Alberto “Palito” Haliasz
Desde Buenos Aires, Argentina

Si Homero Expósito y Andrés Calamaro, resultado artístico de estas calles bonaerenses grises en otoño, se hubiesen tomado un café con Ana María Orozco, no lo hubieran dudado: se la habrían disputado para convertirla en musa inspiradora, Expósito para su Naranjo en flor y Calamaro por aquello de la Honestidad brutal. Y cada uno en su estilo: Homero en algo parecido a un duelo, el ex líder de “Los Rodríguez” en los tribunales, fieles ambos a sus respectivos tiempos. Pero el uno está ya alimentando duendes, en tanto que Calamaro hace rato que anda por España, y ella, Ana María Orozco, vive desde hace meses en Buenos Aires donde interpreta el papel más fascinante y difícil de su larga y fructífera carrera artística: “Ser una mamá con todas las letras”.

 

Encantada con esta ciudad de reminiscencias europeas en la cual la cultura desborda aun a pesar de los esfuerzos oficiales y donde ella suele ser reconocida por el papel que la hizo popular, Ana María Orozco terminó de enterrar aquí los restos de Betty la fea. Los dejó tal vez al lado de un roble centenario del Jardín Botánico, a metros de su apartamento, o los arrojó como cenizas al lago del Jardín Japonés donde suele acudir a cargarse de energía, o en los Bosques de Palermo, esa copia fiel del Bois de Boulogne que los padres de la patria importaron a Argentina allá por el siglo XIX. Por allí aparece a menudo Ana María Orozco, “ser humano” y actriz, la hija de Luis Fernando y Carmenza, “La rola” que añora a la Bogotá de su infancia donde les arrojaba maíz a las palomas de la Plaza de Bolívar y tomaba agua de panela junto con su padre en el Café de Rosita; la misma Ana María que ahora busca su destino y el de su familia y que ajusta cuentas con la fama a la que estuvo sometida durante varios años cuando transformó la fealdad en belleza actoral hasta trascender las fronteras de lo imaginable, al menos para ella.

Desde las pantallas televisivas de todo el mundo, a Betty sólo le faltó hablar en arameo. A Ana María Orozco le bastan cinco palabras para sintetizar aquella experiencia: “La fama es puro cuento”. Lo dice sin estridencias ni rencores. Lo afirma sin poses y sin ganas de pronunciar estructuradas frases hechas, sin maquillaje como anda por la vida y como posa ante la cámara de la Revista Diners en esta nueva etapa de su vida. Lo reafirma con la fe inquebrantable que da la sencillez y esa necesidad imperiosa de ser ella misma y descubrir de repente que si algo había de fealdad en su interior, lo sacó en aquella personificación memorable que la llevó a ser quien es hoy: la actriz colombiana más reconocida desde Buenos Aires hasta Miami y de Bogotá a Estambul.

GRIS DE AUSENCIA
Compenetrada hoy con Buenos Aires, Ana María aparece en una mañana por las escalinatas del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), con Lucrecia, su hija de un año, en brazos, a pesar del día gris.

Un Gris de ausencia si fuera necesario calificarlo en tiempo de tango, el que ya comienza a atraparla. Una ausencia –concebida con sabiduría y por necesidad propia– de las páginas de las revistas, las luminarias y las cámaras, para volver a ser ella y no ya el personaje al que empresarios en pleno brote de desespero por la suerte de sus compañías le escribían para que la presidenta de Ecomoda los asesorara en cómo levantarse de la quiebra, o al que los senadores ecuatorianos utilizaban como excusa perfecta para prolongar su vieja costumbre de no legislar y paralizar sus labores con tal de verla sufrir por y para Armando Mendoza, o ser la mujer a la que las madres le pedían la receta para que sus poco agraciadas hijas experimentaran la misma metamorfosis de Beatriz Pinzón.

Ahora, cuando asoman algunos rayos de sol que no lograrán alterar el clima gris pero que resultan suficientes para ponerle fin a esa ausencia llamativa para todos sus seguidores, Ana María comienza a romper el largo silencio, mientras con filosófica parsimonia oriental revuelve su taza de té.

—¿Cómo pudo regresar de aquella vorágine de la novela de televisión?


—Tomando distancia, analizando todo lo que pasó a mi alrededor, haciendo un balance que al final fue muy positivo, y recuperando el centro de mí misma. Porque el Tao dice: “Cuando sientas que has realizado bien tu labor, retírate”.

Y tal vez mediante algunos preceptos del taoísmo pueda explicar mejor que mil palabras el porqué “hace tres años que no daba entrevistas”. Principios básicos y milenarios de la religión china: “Ser introspectivo y a la vez consciente de la unidad. Estar tranquilo y observar sin ser observado. Escuchar la voz de la naturaleza de manera receptiva y al mismo tiempo sin interferencias”.

Pero las razones que esgrime Ana María Orozco parecen llenas de sinceridad. “Aunque la gente siempre se entera de en qué está uno, yo no concedía entrevistas porque creo que para darlas hay que tener algo que decir, y de verdad, ¿a quién le puede interesar lo que yo digo, lo que yo hago, mi vida cotidiana? A nadie”.

De sólo pensar que esa joven mamá que mientras conversa tendrá tiempo de amamantar a su bebé en el café del Museo, llegó a generar una fiebre tal que de haber nacido argentina podría hoy competir con Cristina Kirchner en las elecciones de octubre —y hasta lo hubiese hecho mejor—, uno no deja de sorprenderse. Ella piensa que todo aquello fue el fruto de “una exposición desmedida”.

 
—Tuve demasiado trabajo. Necesitaba parar, ver bien y tomar distancia de todo lo que había pasado. No sabía hasta dónde quería llegar la gente conmigo, qué esperaba de mí. Hasta ahora, por momentos no lo entiendo. ¿Qué necesita de una la gente? ¿Por qué necesita de personajes famosos?

—¿Habías llegado a un punto en que sentías que el personaje de Betty te devoraba?
—No para mí, pero sí para la gente. Yo conocía bien el medio, por mi papá [el actor Luis Fernando Orozco]. Me fui enganchando y llegó esto, la fama, que fue como una bola de nieve. Y a pesar de lo que uno diga, nadie está preparado para manejar eso cuando no le interesa la fama. Porque hay gente que la maneja muy bien, que le gusta, y eso es respetable, pero a mí no. Yo no me comí el cuento de la fama, aunque alguna gente quería que lo aceptara. Es difícil explicar todo lo que sentía al respecto. Se suele buscar a alguien en quien reflejarse y también en quien desquitar muchas cosas que le pasan a uno.


Ahí, a metros del MALBA, en el bar del Museo Renault, desayunaba alguien que, salvando las distancias, bien podría explicar cómo es eso de ser el chivo expiatorio de millones de seres que, en gran parte guiados por los medios, transportan en el personaje —en el divo— sus ánimos y frustraciones, sus cosas positivas y principalmente las negativas. Era Diego Armando Maradona, que acababa de llegar a la Argentina.

Son pocos los que no esperan el éxito. Ana María se encuentra entre ellos. Sólo estaba preparada por entonces para pasar, durante un año y medio, doce o trece horas en el set de grabación, pero no para lo que sobrevino después:

“Llegó la salida de la novela en otros países, y recibía cada vez más llamadas e invitaciones, y lo único que yo quería era estar en casa descansando. Comencé a recibir mucha presión e incluso la gente empezaba a sentir que le debía algo”.

Sin embargo, sí reconoce deudas con el público. “Nunca terminaré de agradecer el cariño y el respeto que me han dispensado”. Y también a los que confiaron en ella para personificar a Betty. “En definitiva, ese papel me enriqueció profesionalmente y como persona, a pesar de los momentos desagradables en los que me sentía agobiada”. Momentos de tensión interior que la llevaron a escuchar el Tao y tomar distancia hasta rechazar muchas propuestas de trabajo, lo que la convirtió en “La señora No”.

OTRA VEZ EN EL CENTRO
Ahora, aquí en Buenos Aires, “La señora No” acaba de terminar el té y acepta seguir la charla en una caminata por el Parque Japonés y por los bosques de Palermo, bordeando el Planetario. No hay una negativa para las fotos, pero su condición es: “Sin maquillajes ni pretensiones”, como cualquier madre, como la Ana María Orozco de entrecasa.
Sus últimos tres años de “ausencia” para el gran público estuvieron más que ocupados. Fue el tiempo que le llevó “recuperar el centro”. En una noche de 2003, en un bar del Village neoyorquino, conoció a su actual pareja, Martín Quaglia, de 33 años, músico, marplatense y piazzolliano (algo inevitable, ya que Piazzolla nació en Mar del Plata). De 31 años, Ana María empezó a militar en el partido de las mamás y experimentó por primera vez en las tablas con el elenco de Mapa Teatro, en la obra del francés Bernard-Marie Koltés, Muelle Oeste, en Bogotá, México (Festival del Centro Histórico) y Bolivia. Fue en La Paz donde intentó colarse en aquel elenco. “Llegó mucha gente con pancartas y banderas a recibirme. Venían a ver a La Fea. Todo aquello fue muy lindo”.

Después de aquel paso por las tablas tuvo que enfrentarse con el precio de la fama para poder trabajar en Colombian dream, la última producción de Felipe Aljure (La gente de la Universal), que podrá verse en los cines de Argentina desde octubre próximo. “Quería hacer otro tipo de trabajo y me enteré de que Felipe estaba filmando. Me atreví y lo llamé para ver si podía hacerme un casting. Él nunca había visto la novela, aunque me conocía y sabía que era famosa, y lo primero que me dijo fue: ‘Yo con famosos no trabajo’”, rememora con una sonrisa de satisfacción. Pero todo fue compartir un café con Aljure por primera vez, y ahí nomás, luego de detectar la relación de Ana María con Betty, el director la convocó para el elenco.

Sus días en Buenos Aires son arduos en maternidad y quehaceres domésticos, ocupados con largas caminatas por Palermo, algunos retratos para no dejar de saciar su pasión por el arte, y desde hace un mes con ensayos periódicos por la noche. Es que Ana María fue convocada para su primer trabajo en Argentina: la película El ratón Pérez, del director Juan Pablo Buscarini, destinada al público infantil, que la productora Patagonik comenzará a filmar en un par de semanas y que se estrenará en julio de 2006.

“Quiero ir con calma porque estoy dedicada a ser madre en un ciento por ciento. Para mí esto es muy importante. Poder criar a mi hija yo misma es sentir que estoy haciendo algo por alguien. Es lo mejor que me ha pasado en la vida”.

Ana María se deja seducir por Buenos Aires y su ritmo. En cuestión de íconos porteños, el fútbol puede seguir esperando, pero abraza el tango con placer y toda la vida cultural local. “Aquí uno siente la energía cultural, por más que nosotros hacemos una vida diurna, por la niña”. En definitiva fue Ana María la que empujó a Martín, después de una década en Manhattan, a vivir en Buenos Aires. “Queríamos que nuestra hija hablara nuestra misma lengua”, en una ciudad menos hostil para un niño que Nueva York.

“¿QUÉ LE HABRÁN HECHO MIS MANOS?”
A pesar de que Betty quedó enterrada definitivamente, Ana María siente por momentos la necesidad de volver a ella. Sólo para “aclarar cosas de mi actitud que no se entendieron”. En aquellos días de desbordes, de agotamiento y presiones, “tenía un sancocho increíble en la cabeza, me costaba entender qué soy yo, quién soy, quién es Ana María, si había otra Ana María”, aunque con un gesto de cierta complicidad aclara: “Jamás llegué a sentir un desdoblamiento de personalidad, sino la necesidad de que se entendiera que soy un ser humano que daba lo mejor de mí y que no podía responder a lo que me pedían”.

Jura que nunca soñó con estar cogiendo a Betty de los pelos y recriminarle: “¿Qué es lo que me has hecho?”, aunque después de escucharla, bien se puede imaginar uno a Beatriz Pinzón tratando de entonar algunas estrofas de un tango más acorde que Se dice de mí, en su relación con Ana María Orozco, tal vez Naranjo en flor por aquello de “Primero hay que saber sufrir, después amar y después partir”.

Más allá de gozar aquí y ahora de esa tranquilidad añorada que le permite caminar por la calle parsimoniosamente, aun cuando la reconozcan –Betty la fea fue vista por 3,1 millones de personas cada día–, no falta quien pregunte por ella. Cuando conocen su presente, no dudan en dedicarle ciertos cuestionamientos banales: “¡Pero si pudo haber sido millonaria y no supo aprovechar su momento!”, comentan las señoras en la peluquería.

La ocasión para encontrar la respuesta es inmejorable, tal vez única: “Les digo que para mí, calidad de vida no significa ser millonaria. Si hubiese sido ambiciosa, lo habría logrado. ¿Pero a cambio de qué? ¿De venderle el alma al diablo? Por mi manera de ser, no podría. Las cosas que me hacen feliz no tienen que ver con el reconocimiento público ni con un carro –de hecho, no tengo carro–. Aprovechar el cuarto de hora es relativo. Por la formación que tuve, por las cosas que he vivido, no quería eso. Fue difícil decir No a esto, No a lo otro, por las expectativas que se generan sobre el futuro. No voy a negar que me dio un poco de miedo, e incluso mucha gente amiga me decía: ‘Piense en su futuro’. Pero no me arrepiento, ni en lo más mínimo”.

-Si mañana escogieran una actriz joven para el papel protagónico de una telenovela del éxito de Betty, ¿qué consejo le darías?—[Piensa por un instante]: Que no se `coma´ el cuento, que evite todas las tentaciones porque es muy fácil irse por los lados. Una no debe dejar de ser una, defender los descansos y horarios de trabajo. No puede ser una marioneta y dejarse someter a las presiones. No olvidarse ni de quién es una ni de dónde viene.
Desde el baby car, Lucrecia ordena que la entrevista, con paseo incluido, llegue a su fin. Que ya tuvo suficiente del recorrido materno por el pasado reciente y que es la hora de regresar a casa a dedicarse de lleno a ella. Su llanto se hizo escuchar muy pocos minutos después que su madre terminara de confesar su visión de Colombia en la distancia y de pertenencia a “una generación impotente” por no saber que hacer por ese país que duele. La despedida calma a la niña, y se va con su madre, Ana María Orozco. El fantasma de Betty se quedará deambulando por ahí, por los bosques de Palermo, no ya al son de Se dice de mí sino intentando explicar “ese pedazo de vida” que ocupó en ella y preguntándose, con la licencia no ya de la voz de Tita Merello sino de Expósito: “¿Qué le habrán hecho mis manos, qué le habrán hecho?”...

ANA MARÍA, BREVE...
—¿Qué es Colombia para usted?
—Mi país amado que me produce, como generación, mucha impotencia.
—¿Piensa volver a establecerse en Colombia?
—La idea es, por ahora, estar un poco allá y un poco acá en Argentina.
—¿Qué es para usted una mujer fea?
—Es una mujer que por sus rasgos y sus actos termina denotando belleza.
—¿Qué es para usted una mujer bella?
—No creo que la fealdad pase precisamente por lo físico. Creo que el mayor rasgo de fealdad es aquel en el cual una mujer no puede controlar su envidia y su odio. Eso hace fea a cualquier mujer.
—¿Por qué su regreso a la actuación fue para el teatro y el cine y no para la televisión?
—Porque necesitaba hacer otras cosas. Experimentar en las tablas y medirme con el cine. Fue muy fructífero ese aprendizaje.
—¿Qué la llevó a aceptar el guión de El ratón Pérez?
—Que es para niños, público bastante exigente, y que precisamente me lo ofrecieron en plena maternidad. Es como un regalo que quería hacerle a mi hija Lucrecia. Y la propuesta de Patagonik [la productora] me pareció una buena oportunidad para hacer cine en Argentina.
 

—¿Qué puede esperar el público de su actuación en el cine?
—Creo que va a reaccionar bien, porque podrá ver un trabajo honesto.
—¿Cómo y cuándo surgió su vinculación a la filosofía Tao y qué enseñanza le dejó?
—Desde pequeña. En mi casa, mi madre siempre nos enseñó a apreciar la naturaleza, a comer sanamente y a apreciar la enseñanza de la sabiduría del Tao y el budismo.
—¿Qué le aporta la sabiduría Tao en su trabajo?
—Orden. Me ayuda a relajarme. Es una experiencia muy interesante.
—¿Cómo se lleva con los mitos porteños: el fútbol, el tango…?
—A mí el fútbol, pocón... El tango me fascina. Con Martín [el esposo] estábamos el otro día escuchando Invierno porteño de Piazzolla, que es una maravilla.
—¿Alguna vez quiso coger de las mechas a Beatriz Pinzón?
—¡Noooo!, aunque hubo momentos en que estaba agotada por todo lo que se había venido encima con el personaje.
—¿Qué le molesta del mundo de la farándula?
—Yo no tengo nada contra el ambiente ni contra los periodistas de la farándula, aunque creo que muchas veces necesitan construir un personaje que no tiene nada que ver con la persona.

Fuente: Revista Diners de Colombia Regresar a Reportajes