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"DESDE HACE DOS AÑOS SÓLO ESTOY DEDICADA A MI FAMILIA".
En julio de 2003 las miradas de la famosa colombiana Ana María Orozco (31) y del argentino Martín Quaglia (32) se cruzaron circunstancialmente en un bar del East Village de Nueva York. Y apenas bastó esa coincidencia para que, como en la mejor de las telenovelas protagonizadas por ella, inmediatamente naciera el amor. La actriz venía de protagonizar desde 1999 a 2001, un éxito sin antecedentes que fue la historia de “Betty, la fea” junto al actor Jorge Enrique Abello. El músico nacido en Mar del Plata desconocía la fama de la joven de cabello largo y lacio que lo sedujo desde la mesa de un rincón. Fue mutuo y repentino flechazo. Ya que desde esa noche la pareja no volvió a separarse. Sin importar el futuro comenzaron a vivir su propia historia de amor libremente, sin planes anticipados, ni un hogar definitivo. Casi como aventureros con sus bolsos al hombro, repartieron su tiempo entre Nueva York, en donde el marplatense trabajaba como compositor y guitarrista de jazz y Bogotá. Pero grande fue la sorpresa cuando en octubre, a menos de tres meses de conocerse, Ana María recibió la noticia de su embarazo. Inmediatamente se lo comentaron a los futuros abuelos: Carmenza Rugel, que vive en Alemania y a Clara y Adolfo Quaglia, que continúan residiendo en Mar del Plata. Fue entonces cuando la exitosa actriz decidió dar un paso al costado y tomar distancia en el mejor momento de su carrera. “Me encanta fregar los platos y los cacharros. Me relaja limpiar la casa y lavar la ropa. Son actividades que cuando estoy trabajando en la televisión, no las puedo desarrollar. Por eso hoy, gozo como el resto de las amas de casa” confió a CARAS cuando su incipiente pancita ya delataba los cinco meses de embarazo.
Allí la pareja decidió establecerse en Bogotá y buscar un cómodo piso para esperar la llegada de su bebe. Sólo largas caminatas por la Carrera Séptima, el Parque de la Independencia, la Plaza Bolívar, Villa Leyva y el romántico barrio La Candelaria, completaban sus tranquilas jornadas. El 11 de junio de 2004, tal como lo soñaron, la partera llegó hasta el idílico hogar y, después de dos horas de trabajo, a las 6:30, se escuchó el primer llanto de Lucrecia. La beba, que pesó 3 kilos y midió 53 centímetros, completó la felicidad de la casa. Los abuelos y los tíos viajaron inmediatamente a conocer a la nueva integrante de la familia. Y el 4 de julio, todos reunidos, aprovecharon para hacer una gran fiesta y celebrar los 32 años de la flamante mamá. Las tranquilas jornadas de Ana María continuaron con sus ejercicios de chi kung y los masajes shiatsu que aprendió a aplicarle a la pequeña Lucrecia para calmar sus llantos. Largas horas de lectura, acompañadas con sus clásicas infusiones de jenjibre y alguna que otra incursión a la cocina para preparar su postre preferido: hindú de almíbar de rosas con buñuelitos de leche, completaban sus días. Sin embargo una promesa había quedado latente desde que Quaglia les comunicó a sus padres telefónicamente que serían abuelos. “Apenas la beba esté un poquito más crecida, viajamos para la Argentina”. Y la cumplieron. Las últimas semanas de octubre, Ana María Orozco, Martín Quaglia y la pequeña Lucrecia, como una familia más llegaron a Buenos Aires y se alojaron en la suite 2406 de la Torre Cristóforo Colombo, ubicada en el barrio de Palermo Nuevo. Con un look muy relajado, jeans o faldas, con remeras y zapatillas, el cabello más corto y grandes anteojos negros, logró pasar inadvertida. Allí ocuparon uno de los 160 departamentos equipados con un linvig comedor, una habitación y kitchenette. Aunque la torre cuenta con una exclusiva piscina en su piso 17, Ana María y Martín optan por pasar largas horas en su departamento, donde se preparan comidas con los alimentos que adquieren en el supermercado de la misma cuadra. Sólo en raras oportunidades, desayunan o almuerzan en el restaurante del lugar llamado “Puerto de Palos”. Y resulta muy frecuente encontrarlos en el cyber café “Timón” o en el locutorio ubicado justo enfrente de la torre. “Yo desde hace dos años sólo estoy dedicada a mi vida privada, a mi hogar. Quise tomar un poco de distancia y dedicarme a disfrutar mi vida en pareja y luego a esperar a mi niña. Soy una mujer inmensamente dichosa. No hago más entrevistas ni tengo contacto con la televisión. Mi vida privada es sagrada” confió la actriz colombiana en su primer contacto con CARAS. Con una rutina de salidas muy tranquilas, la pareja aprovecha para reunirse con amigos de Martín y disfrutar de largos paseos. “Estoy dedicada por completo sólo a la familia. Soy madre las 24 horas y estoy viviendo el amor como se debe” expresó amablemente tratando de preservar los íntimos detalles para sus más allegados. Lo cierto es que Ana María, Martín y ‘Lucrecita’, no son de despertarse muy temprano. Recién después de mediodía salen, si es que ya combinaron algún compromiso. Como un largo paseo que realizaron por el Tigre, cuando comieron hamburguesas en un Mc Donald. De lo contrario, prefieren quedarse en la Torre, donde cuentan con todas las comodidades suficientes.“La niña es muy pequeña y se cansa con las salidas. Por eso hay días que preferimos quedarnos aquí. Y si lo hacemos, intentamos regresar temprano para darle un baño, prepararle su mamadera y acostarla a dormir. Para no variar tanto su rutina” cuenta la actriz con una simpática sonrisa. Mientras el resto de los turistas no son conscientes de con quién comparten el ascensor, ella vuelve a repetir como para que no queden dudas: “Estoy muy relajada lejos de los sets y las cámaras. Hoy soy mujer y mamá, no actriz. No tengo ganas de producirme para hacer fotos. Creo que me gané este momento de disfrutar la vida y espero que todos lo comprendan así...” concluyó Ana María Orozco, la mujer que una noche se enamoró del argentino Martín Quaglia y que hoy sólo quiere ser la mamá de Lucrecia. Fuente: Revista Caras de Argentina Regresar a Noticias |